Los monjes y los monasterios dieron a la Iglesia un contingente de misioneros de primera clase para la conversión de Europa. No solamente predicaban los evangelios. Fundaban escuelas, experimentaban con nuevas técnicas agrícolas y construían complejos monásticos alrededor de los cuales crecían ciudades pequeñas. En los “scriptoriums” (bibliotecas de investigación), escribieron copias perdurables de los libros griegos y romanos. Conservaron la herencia del saber. San Benito fue el padre de los monjes de Occidente. Fundó su primer monasterio, Monte Casino, a mediados del siglo VI. La Regla de san Benito fue y sigue siendo una guía monástica hasta hoy.

El Cister y Cluny.

Con el paso del tiempo, los monasterios fueron recibiendo grandes donaciones. Terminaron por enriquecerse y así la vida monacal se fue relajando. La reforma cluniacense pretende resolver dos graves problemas: el excesivo trabajo del monje y la intromisión de los laicos en la designación de los abades. Frente a la reforma de Cluny, otra rama de los benedictinos fundó Citeaux (Cister), que quería volver a la sencillez evangélica. La gran figura de este movimiento fue Bernardo de Claraval.

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